Fue el punto de no retorno y no porque no pudiese o quisiese evitar lo que pasaría a continuación, sino porque su mano, a esa distancia no es más rápida que la bala saliendo del cañón. El dedo había ejercido la fuerza suficiente para que el martillo rompiera en un sonido seco, seco como un palazo pero unos tonos más agudos. El miedo acompañado de escalofríos que recorrieron todo su cuerpo desde la coronilla, ubicada precisamente ahí donde las coronas van, en la punta de la cabeza; hasta la de los pies. Tan sorprendente es el cuerpo que estos escalofríos sí recorrieron toda esa distancia en menos tiempo que el proyectil, incluso de ida y vuelta.
En fin, la bala salió, no recorrió mucha distancia antes de alcanzar su objetivo pero sí recorrió algún par de metros más antes de detenerse. En el camino se encontró con neuronas, ganglios, hemisferios, y una que otra vena y/o arteria. Rompiéndolos algunos de ellos, varios mejor dicho. Y esa era su intención, romper todas aquellas conexiones que existían entre ellos, aquellas conexiones que los hacían existir: los recuerdos, las sensaciones, las relaciones, las canciones, y todas las nociones que los hacían Ser. Ya no quería más Ser.
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